Estos son 5 neuromitos que impactan negativamente en la enseñanza

Que los cinco primeros años de vida son los únicos determinantes, que existen distintos estilos de aprendizajes o que hay diferencias cerebrales entre hombres y mujeres son parte de las creencias que aunque han sido descartadas por la ciencia, todavía siguen presentes en el mundo educativo. El mundo avanza a pasos agigantados. En sólo unas … Continuar leyendo “Estos son 5 neuromitos que impactan negativamente en la enseñanza”

ESCRITO POR: Comunicaciones Educación2020

Que los cinco primeros años de vida son los únicos determinantes, que existen distintos estilos de aprendizajes o que hay diferencias cerebrales entre hombres y mujeres son parte de las creencias que aunque han sido descartadas por la ciencia, todavía siguen presentes en el mundo educativo.

El mundo avanza a pasos agigantados. En sólo unas cuantas décadas hemos sido testigos de profundas transformaciones tecnológicas que han cambiado la forma en la que vivimos. Sin embargo, el mundo educativo ha sido una de las instituciones que menos se ha modernizado. ¿Qué mejor muestra de esto que la estructura de sala de clases que nos ha acompañado por generaciones?

Así lo grafica Tracey Tokuhama, destacada investigadora educativa estadounidense, quien además asegura que esta falta de modernización también se ve reflejada en el poco conocimiento del funcionamiento del cerebro que existe en la educación, lo que lleva a que algunos profesionales del ámbito aún crean en neuromitos que la ciencia ya descartó.

Pero en específico, ¿qué son los neuromitos? Según Carlos Rozas, académico de la Universidad de Santiago de Chile y especialista en neurofisiología, estos corresponden a creencias sin fundamento sólido, más bien correspondientes “a una pseudociencia, en la que algunos docentes basan sus prácticas pedagógicas, lo que es preocupante”. Se trata de creencias que, lejos de ser inofensivas, pueden llevar a una enseñanza sesgada o a la implementación de estrategias poco efectivas dentro de la sala de clases.

Por esto, a continuación te mostramos algunos de estos mitos de la neurociencia aplicada a la educación que vale la pena dejar atrás:

  1. Los primeros cinco años de vida son los únicos determinantes

Si bien los primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo de las habilidades cognitivas y motoras, esto no significa que a medida que se crece no existan otros momentos claves para el aprendizaje. Así lo confirma Michelle Olguí, psicopedagoga y jefa de Proyecto de Educación 2020, quien precisa que “existen los periodos críticos como los primeros 5 años o alrededor de los 25 donde hay un aumento de neuronas, por lo tanto el humano tiene más posibilidades de hacer más ‘rutas’ de neuronas, que son las que originan el aprendizaje”.

En la misma línea, Carlos Rozas añade que “por ejemplo, la adolescencia es una etapa muy importante en el aprendizaje, sobre todo en lo referente a la construcción de la identidad. Fomentar la seguridad y la autonomía a través de estrategias pedagógicas es clave en este etapa”, dice.

Sin embargo, no sólo en los periodos críticos existe la capacidad de aprender. “Nuestro desarrollo cerebral no se termina cuando acaba la enseñanza formal, sigue mucho más adelante. Hemos sido privilegiados por la naturaleza de tener un cerebro capaz de aprender a cualquier edad (…). Incluso, los adultos mayores no tienen impedimentos en aprender nuevas cosas”, dice Rozas. ¿La verdad, por tanto? La neuroplasticidad de nuestro cerebro nos da la capacidad de aprender en cualquier etapa de la vida.

  1. Existen estilos de aprendizajes

Este es uno de los neuromitos más populares dentro del profesorado, que incluso se encuentra en decretos del Ministerio de Educación o en pruebas que determinan la preferencia sensorial. De hecho, Rozas cuenta que, recientemente, se realizó un estudio en Inglaterra que reveló que cerca del 80% de los profesores y profesoras cree en que sí existen estilos de aprendizajes. “En el país debemos andar cerca de ese porcentaje”, afirma.

El experto asegura que, en efecto, cada persona tiene preferencias personales respecto a cómo interactúa con su entorno, por lo que se cree que existen personas más visuales, kinestésicas o auditivas. Pero, ¿esto tiene influencia en el aprendizaje? Su respuesta es categórica: “No. Hay un sinnúmero de experimentos y evidencias que demuestran que esto no es cierto. El problema es que, en base a este neuromito, muchos docentes ocupan tiempo valioso de sus horas para planificar pensando en enseñar según las habilidades individuales de sus estudiantes, cuando lo cierto es que deben enseñar utilizando diversas estrategias con todos los estudiantes, porque todos aprendemos a través de los distintos sentidos”, señala Rozas.

  1. Las habilidades están radicadas en uno de los dos hemisferios del cerebro

Otro de los neuromitos más populares es el que estipula que las habilidades analíticas radican en el hemisferio izquierdo, mientras que las del pensamiento creativo y las emociones se encuentran asociadas al derecho. “Con el tiempo se ha demostrado que no existe la activación preferencial de una zona u otra del cerebro. Todo el cerebro siempre está activo. Es cierto que existen zonas especializadas para el procesamiento fino o zonas que si son afectadas disminuyen notablemente las capacidades de lenguaje de una persona, pero esto no quiere decir que las capacidades estén focalizadas directamente en ese lugar”, asegura Rozas.

El académico precisa que la tecnología actual ha revelado que “cuando una persona habla o mira un objeto, todo el cerebro se activa, no sólo el derecho o el izquierdo. Sin embargo, aún se dictan cursos para estimular un área del cerebro, lo que es lucro basado en pseudociencia”.  

Tokuhama confirma esto: “la idea de que una parte del cerebro es responsable de una destreza específica ha sido reemplazada por el concepto de redes o circuitos neuronales, que conectan varias partes del cerebro para funcionar”.

  1. El cerebro es distinto dependiendo del género

Según Tokuhama, este es uno de los mitos que más daño ha hecho en las salas de clases de Latinoamérica, sobre todo porque impacta en el desarrollo de las niñas y niños. Según explica, si bien los cerebros tienen diferencias, “esto no se traduce en una potencialidad intelectual distinta entre géneros (…). La menor presencia de mujeres en carreras científicas tiene más que ver con la percepción de la sociedad que con el potencial cerebral”, asegura la investigadora.

De hecho, es enfática en precisar que “no existe superioridad de géneros, nacionalidades u otros para las destrezas que pueden tener los estudiantes (…). Sin embargo, las expectativas, así como los prejuicios que los profesores y profesoras tienen respecto a sus estudiantes, sí influyen en su aprendizaje y rendimiento escolar”.

Michelle Olguí coincide con lo anterior y asegura que “si bien existen diferencias neuroquímicas entre los cerebros masculino y femenino, estas no son intelectuales. Tanto niños y niñas tienen la misma capacidad para aprender. Es por esto que se vuelve fundamental que los docentes y profesionales de la educación abandonemos los prejuicios y potenciemos a nuestros estudiantes por igual”.  

  1. El aprendizaje es un proceso racional, lejano a las emociones

Si bien dentro de la neurociencia este no es uno de los mitos más extendidos, lo cierto es que los profesionales coinciden en que la emocionalidad aún no ocupa el lugar que debe en el proceso educativo, a pesar de ser un factor determinante. En este punto, Tokuhama explica que toda la información que llega a través de los sentidos pasa por la amígdala —conocida como el centro de las emociones— por lo cual es imposible escindir el aprendizaje del aspecto emocional.

Olguí añade que “existe la creencia de que somos seres capaces de separar lo racional de lo emocional, como si fueran cajas separadas que podemos abrir y cerrar independientemente. Pero la evidencia muestra que aquellas innovaciones educativas que ponen al centro el vínculo, el aprendizaje colaborativo, la empatía y la curiosidad son aquellas que impactan con mayor fuerza el aprendizaje de niños, niñas y adolescentes. La emoción nos mueve a buscar soluciones, nos permite determinar y tomar decisiones. Sin emoción, no hay capacidad de aprender, no hay curiosidad, no hay atención, no hay aprendizaje, no hay memoria”.

Al respecto, Rozas concluye que “el aprendizaje es un proceso íntimo, que pasa en ese espacio mágico entre el profesor y el estudiante. Aunque suene extraño, el aprendizaje no está en el cerebro, está en aquella relación”.

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