Columna: “Mi historia con Educación 2020”

Por Loreto Jara Profesora e investigadora de Política Educativa de Educación 2020  Llegué a trabajar a 2020 un poco a regañadientes, la verdad. Me caían pésimo los 2020. “Qué se creen estos weones”, pensé cuando vi el video de su primera campaña, donde aparecían unos cabros en el patíbulo, con la soga al cuello por … Continuar leyendo “Columna: “Mi historia con Educación 2020””

ESCRITO POR: Comunicaciones Educación2020

Por Loreto Jara

Profesora e investigadora de Política Educativa de Educación 2020 

Llegué a trabajar a 2020 un poco a regañadientes, la verdad. Me caían pésimo los 2020. “Qué se creen estos weones”, pensé cuando vi el video de su primera campaña, donde aparecían unos cabros en el patíbulo, con la soga al cuello por culpa de sus malos profesores. En esas vueltas de la vida, en un momento en que me encontraba viviendo el duelo de una pega hermosa que se fue al carajo, me llama Mirentxu, quien tiempo después sería la directora Ejecutiva de 2020 “¿Te interesa ir a complicarle la existencia a la mafia educativa de…?” Terminó la frase mencionándome a cierta autoridad municipal. “Cuéntame más”, le dije.

Han pasado cinco años y medio desde esa llamada. No sé en qué momento me camisetié. Seguramente, no el primer año, porque, habiendo sido la primera profe que se incorporaba formalmente al equipo, me tocó vivir una especie de bullying, interno y externo. Un poco de autobullying también. Por obra de la resiliencia y la porfía, me quedé. Después, me quedé por gusto, porque resultaba interesante jugar a incomodar, asomarse a los espacios de toma de decisiones, dar opiniones puntudas, encontrar datos con los que sacar chispas, pasearse por colegios de la cota 1.000 y de la cota 0, escuchar a cuanta alma peregrina quisiera dar su idea o testimonio sobre cómo mejorar la educación en Chile, articular todo eso y proponer.

Hoy, 2020 está cumpliendo una década. Hace 10 años, la gente que hablaba de educación en forma ordenada, sistemática, propositiva y con cierto interés por y posibilidad de incidir, no era mucha: había pasado la revolución pingüina y sus frutos estaban en manos de legisladores y académicos. Había quienes, por un lado, pensaban en la nueva Ley General de Educación y, por otro, le echaban un ojo a lo que había sido ese movimiento estudiantil, una joya de ejercicio cívico que dejó huella y marcó época. En ese contexto, de pronto, apareció un vejete cascarrabias echándole la foca al estatuto docente y a todas las falencias de la educación pública y la segregación educativa. Fue una columna de antología publicada en la revista Qué Pasa. Detrás del vejete, un puñado de sus estudiantes de ingeniería decidió ponerle cálculo, discurso y energía al cuento. Y prendió la cosa. Bien, mal o más o menos, hay algo que concederle a 2020 y su equipo fundador: si bien el famoso video de los colgados no era lo más acertado en el tono, quienquiera que lo haya visto, lo recuerda, ¿no? Ese es un sello institucional, fruto de uno de los tantos aprendizajes que ha tenido la organización; una organización que, de partida, ha aprendido a tener más consideración con el profesorado, a dialogar con la ciudadanía, a escuchar a nuestros detractores.

Porque, de todos nuestros fieles seguidores, muchos son detractores que han dicho de esta institución un montón de cosas. Que Mario (Mario Waiss, fundador, el hombre de la pluma provocadora) se hace millonario con este negocio pregonando que no hay que lucrar de la educación. Que nos financia el gran empresariado para disciplinar mano de obra barata en escuelas pobres. Que somos el stablishment y que, como tal, nos interesa perpetuar el orden establecido. Que no tenemos idea de educación, porque jamás hemos pisado una sala de clases. Ninguna de esas cosas es cierta. Otras, sí; otras cosas son parcial y totalmente correctas. Que somos medio amarillos, que los ingenieros no saben de pedagogía, que es fácil pensar desde un escritorio.

En lo personal, habiéndome convertido al estilo 2020, puedo desclasificar algunos archivos. Por ejemplo, comentar que a todos quienes nos ha tocado trabajar directa o indirectamente con Mario, en algún momento, hemos tenido ganas de pulverizarlo (no por nada se autodenomina Luzifer). Pero hay que decir, también, que la mayoría de las veces, hemos querido darle un abrazo y muchísimas gracias, porque la genialidad y el empuje se aplauden y valoran. Puedo decir que muchas veces no hemos sido todo lo radicales que quisiéramos, porque sabemos que hay demasiado juego político en las decisiones educativas; y en política se transa,  se cede y se negocia en más ocasiones de las deseables, pero teniendo en claro que jamás se transan los principios. Y bueno, transando lo justo y necesario, hemos influido en un montón de cambios que apuntan a terminar con el apartheid educativo del que adolece este país. También puedo comentarles que mantener una Fundación como esta no es tarea sencilla y que por el equipo de 2020 han pasado decenas de personas, con quienes independiente de la afinidad técnica, política, espiritual, áurica o lo que sea que hayamos tenido siempre ha sido compartido el principio y la urgencia por una misma cosa: la justicia; la justicia social, la justicia educativa,  la justicia política… la justicia y punto. Eso no es algo muy frecuente de encontrar. Por todas esas razones, hoy nos merecemos una celebración. Porque sigue estando igual de vigente el mito fundacional que dice que esta institución nació para que al año 2020, el 20% de la población más pobre de este país estuviera recibiendo la misma calidad de educación que el 20% de los más ricos. ¿Visión de futuro? ¿Una raya en el mar? ¿Arrojo? ¿Arrogancia? ¿Qué se cree estos weones? Cualquiera de esos pensamientos puede ser un buen comienzo para animarse a escribir una nueva página en la historia de la educación chilena.

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